6 de August de 2020

CUANDO UN MINISTRO RENUNCIA LLORANDO – Anaëlle Lebovits-Quenehen

l’Insconscient ne prends pas des vacances Anaëlle Lebovits-Quenehen – Paris – ECF Solo unos días antes que el presidente francés reciba…


l’Insconscient ne prends pas des vacances

Anaëlle Lebovits-Quenehen – Paris – ECF

Solo unos días antes que el presidente francés reciba el título de “Campeón de la tierra”, el ministro francés de ecología dejaba su cargo derramando lágrimas. Esto en un contexto en el que un buen número de climatólogos vaticinan el fin del mundo en un corto plazo, confirmando que las tendencias espontáneas de la humanidad están transformando el mundo que ésta  habita en basura. Sobre este punto, no se puede evitar el reflexionar sobre el comentario de Lacan en sus Escritos: “Los espacios infinitos han palidecido detrás de las letras minúsculas, más seguras para soportar la ecuación del universo, y la única vela en el entierro que podemos admitir fuera de nuestros sabios es la de otros habitantes que podrían dirigirnos signos de inteligencia -en lo cual el silencio de esos espacios no tiene nada de aterrador. Y así, hemos empezado a vaciar en ellos nuestra basura, entiéndase a convertirlos en ese foso de desechos que es el estigma de la “hominización” en el planeta, desde la prehistoria, oh paleontólogo Teilhard, ¿lo ha olvidado usted?”[1].

En un contexto en el que lo menos que se puede decir es que la hominización del planeta va creciendo, el valor de esas lágrimas nos interroga lo que vino a interrumpir a los comentarios comprometidos del emisario, en el momento que juraba que llevaría de ahora en adelante el combate en otra parte. Pues el anciano ministro ponía en entredicho al gobierno francés que, más que ningún otro en el mundo, pero no menos que otros, parece no tomar medidas sobre el problema en el cual, Nicolas Hulot y algunos otros, se esfuerzan en subrayar su importancia.

Lo que nos interroga aquí es entonces el valor de esas lágrimas en la medida en la que suscitaron los aplausos prolongados de la asamblea delante la cual el ministro dejaba su cargo. Pues estamos lejos del contexto de las lágrimas de las que los hombres de política hacían uso en el siglo XVI[2], y que estaban hechas, no para exhibir los afectos del orador ni su experiencia íntima, sino al contrario, para enmascarar así el secreto de sus pasiones políticas. Las lágrimas de Nicolas Hulot traducían más bien la impotencia del hombre en la que los ideales chocan con el ejercicio del poder. Si las lágrimas venían aquí en lugar de las palabras que interrumpían, no producían por ello un menor efecto, efecto intensificado sin duda por la percepción de que esas lágrimas no son puros semblantes políticos.

Si se puede no encontrar la impotencia llorosa de buen gusto, y no tener ápice de simpatía con el ideal desconcertado, uno se equivocaría al subestimar la fuerza de la expresión de los afectos en la política, y paradojalmente, su poder, como, de una manera general, el recurso a las emociones cuando se trata de convencer. Ya que, si los afectos son móviles, siempre desplazados -aparte de la angustia-, el semblante en que consiste su expresión tiene un valor que ningún amo  puede menospreciar a riesgo de ver su poder volatilizarse pronto.

En el momento en que los populismos de todas partes parecen inexorablemente imponer su manera de pensar, al mismo tiempo que conquistan los corazones de los desafortunados, así como de aquellos de los poderosos, sería provechoso que los partidos llamados tradicionales se informen de nuevo. En “El poder de las fábulas”, La Fontaine comenta a propósito de ello una anécdota convincente. Llevándonos a la Atenas de otrora, él instala provisionalmente un orador que habla elocuentemente de la salvación común. El pueblo al que se dirigía, vano y ligero, no lo escucha a pesar de los esfuerzos retóricos que despliega. El orador recurre a la fábula, y es entonces cuando el pueblo conquistado y el retórico montan en cólera contra ese pueblo frívolo al cual se habría necesitado una fábula para que reconozca el peligro en sus puertas. La Fontaine, más astuto que el maestro antiguo, toma nota del poder de las fábulas, y concluye en estos términos: 

“Todos somos atenienses en este punto; y yo mismo,

Que estoy escribiendo esta moraleja,

Si “Piel de asno” me fuese narrada,

Tomaría de ella un placer extremo.

Dicen que el mundo es viejo, y lo creo; sin embargo

Hay que entretenerlo y divertirlo como a un niño.”

Que el mundo sea viejo, he ahí un aviso al cual el anciano ministro de ecología se adheriría sin duda, y sin remordimientos. Pero si las lágrimas tienen algún título de nobleza, o al menos lo tuvieron en una época en la que hacían de máscara, todo depende actualmente del uso que se haga de ellas, y sobre todo de las pasiones que reclaman. Cuando, más que acompañar las palabras, vienen a sustituirlas, cuando vienen así a desmentir el compromiso, porque ellas disculpan ya la impotencia de aquel que las recita, el semblante de las lágrimas no indexa ya la firmeza, la determinación, la resolución (todas las virtudes que dan cuenta del compromiso del cuerpo), sino mas bien la aflicción y la piedad.

Las lágrimas que inhiben la palabra, que imponen el silencio a aquel que las recita, dan testimonio de una defección momentánea ante la verdad mentirosa. Además, si las palabras son siempre impropias para decir lo real, si la verdad miente, está ahí no obstante una invitación paradojal a escoger el decir, en la perspectiva analítica, como un más-allá. Que la verdad mienta, he ahí en efecto precisamente lo que nos impone a bien decir más que a callarnos, y especialmente cuando se pretende comprometer su responsabilidad en la “salvación común”.

 “Quien cede sobre las palabras, cede sobre las cosas”, anotaba Freud. No se puede decir mejor que las lágrimas que hacen callar, que esas lágrimas expuestas al público, de hecho, son una intención, una intención silenciosa por supuesto, pero una intención aún así.

Despreciar el uso de los afectos en política, es sin duda condenarse a la errancia y es, por otra parte, hacer prueba de un idealismo culpable. Sin embargo, nada impide el escoger bien los afectos que se hacen públicos y aquellos que se suscitan.

tradução Patrício Parra
revisão Ruth Gorenberg

 


[1] Lacan J., “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”, in Escritos, tomo II, México, Siglo XXI Editores, 1995, p. 663
[2] Le Person Xavier, « « Les larmes du roi » : sur ‘enregistrement de l’Édit de Nemours le 18 juillet 1585 », in Histoire, économie & société, 1998, 17-3, pp. 353-376
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