18 de August de 2019

El cuerpo pornográfico: marcas y adicciones – Libro de Silvia Ons

Reseña Gustavo Dessal En Historia del cuerpo,[1] leemos que “los historiadores suelen olvidar la tensión existente entre el objeto científico…


Silvia Ons

Reseña Gustavo Dessal

En Historia del cuerpo,[1] leemos que “los historiadores suelen olvidar la tensión existente entre el objeto científico y el cuerpo que prueba el placer y el dolor”. El cuerpo como objeto científico, que comienza con el postulado cartesiano del cuerpo máquina, no es el del psicoanálisis, que se ocupa del Otro cuerpo, sino uno que no puede abordarse desentendiéndose de aquello que lo singulariza: que ello goza.

A lo largo de estos hermosos capítulos, una vez más Silvia Ons da cuenta no solo de un saber, sino de un estilo, un estilo que logra entretejer (sabiduría femenina ancestral), en primer lugar, su perspicacia clínica; en segundo lugar, su sólida formación filosófica, y en tercer lugar, su mirada poética sobre el mundo. Que los psicoanalistas miremos fundamentalmente con nuestros oídos (valiéndonos de las ventajas que en este caso nos ofrece el desplazamiento de las pulsiones) no impide llamar a eso “mirada”. ¿Y sobre qué se posa su mirada en este libro? Sobre el cuerpo. Redundemos para decir que es el cuerpo lo que da cuerpo a esta serie de ensayos en los que la autora recorre algunos de los temas que protagonizan nuestra época o, mejor dicho, estudia las manifestaciones fenoménicas actuales de temas que son eternamente consustanciales a la condición del ser hablante. En otras palabras, es desde la perspectiva del cuerpo como Silva Ons va a ofrecernos una visión de las nuevas subjetividades, los nuevos semblantes del sujeto al que el psicoanálisis se dirige, un sujeto que nada debe a las nociones del culturalismo.

Sin bien es innegable que los cuerpos son deudores de cada civilización ,como lo señala la autora en las primeras páginas, el psicoanálisis (en referencia desde luego al contexto del ser hablante) se ocupa de aquello que trasciende a todas las épocas: lo que en el reino animal denominamos “la vida” (con todo el enigma que ello supone), presenta en el caso del animal que habla un rasgo distintivo que lo vuelve incomparable: el cuerpo goza. Que goce lo convierte en un ente que va más allá de la vida. El goce, al pervertir el misterio de la vida, hace del cuerpo otra cosa, algo que puede ser objeto de adoración, exaltación, degradación y mortificación. Al cuerpo se lo cuida, se lo ama, se lo adora, pero también se lo martiriza, se lo tortura, se lo despedaza. El cuerpo es objeto de amor y destrucción, y esto vale tanto para el propio como para el ajeno. Los seres humanos no suelen hacer grandes distinciones al respecto y aplican al cuerpo del otro los mismos tratamientos que pueden dar al suyo. Que el cuerpo goce significa, para el psicoanálisis, que las pulsiones de autoconservación postuladas por Freud en una primera época de su obra quedan desmentidas por lo que la clínica analítica y la realidad del mundo nos revela: gozar no es algo que solo anime al cuerpo en el sentido de la autoprotección, del principio del placer, de la homeostasis; el goce, al sobreimprimirse en los mecanismos de la vida, produce esa separación que Lacan describe con una engañosa sencillez: el cuerpo es algo que se tiene. Que se tenga supone, en primer lugar, que no se puede ser un cuerpo. A los animales, porque son un cuerpo, no los asalta la más mínima duda: al propio se lo preserva, a los otros se los fornica para reproducir la especie o se los devora para satisfacer las necesidades de supervivencia. No hay más. Todo desemboca en una finalidad última: el sostenimiento de la vida. Pero, para el parlêtre, el asunto es un poco más complicado. A partir del momento en que la acción de la lengua desprende a la vida de su inmediatez, obligándola a ex-sistir para la conciencia y el yo, el cuerpo se convierte en Otra cosa. Esa Cosa puede ser amable, pero también objeto del mayor odio y encarnizamiento. Parafraseando a Lacan, el hombre le hace al cuerpo toda clase de cosas que se parecen al amor, pero también lo somete a las mayores y más abominables vejaciones. El argonauta humano tiene como lema “gozar es necesario, no es necesario vivir”, y la lógica de su biografía se rige por ese axioma que opera como un dicho primero, inaugural. Pero que el cuerpo sea algo que se tiene nos plantea, además, una segunda consecuencia, que abordaremos un poco más adelante.

Comencemos, siguiendo a nuestra autora, por el tema de la pornografía que, sin ser un invento nuevo, es indudablemente en la actualidad un fenómeno de alcance y efectos incomparables. El alcance se debe a que sus posibilidades de difusión y disponibilidad se han vuelto infinitas gracias a Internet. Pero lo más acuciante es el efecto que esto tiene en el plano del onanismo, cuya práctica se ha convertido en una alternativa cada vez más elegida por los hombres. En Japón, esto ha llegado al extremo de constituir un síntoma social que nadie sabe cómo tratar, dado el aumento imparable de varones que prefieren la autosatisfacción erótica al coito. Mediante la pornografía, el hombre se proyecta en la escena, pero es otro quien actúa en su lugar: otro es el que hace gala de una potencia sin declinaciones; otro es a quien la mujer se le ofrece sin palabras, ni rodeos, ni enigmas, ni demandas; otro se erige en sujeto-supuesto-tener el poder de satisfacer el deseo de la mujer. El voyeur, el consumidor de pornografía, consigue el orgasmo masturbatorio por procuración, ahorrándose así pasar por los desfiladeros de deseo del Otro.

El hombre máquina, formulado por Descartes abrió un camino extraordinariamente fecundo para la ciencia del cuerpo. Le debemos a este filósofo, uno de los genios más grandes de la historia, el hecho de que hoy podamos beneficiarnos con los trasplantes, el reemplazo de válvulas cardíacas, las prótesis de caderas, y las innumerables y cada vez mayores posibilidades de tratar el cuerpo como un conjunto de piezas asombrosas a las que el ingenio humano ha logrado emular, para luego sustituirlas como si de una máquina cualquiera se tratase. Pero es indudable que eso tiene un precio, puesto que el discurso científico-técnico es inevitablemente, y por su estructura misma, un procedimiento de deshumanización. El cuerpo máquina puede ser programado, reproducido de forma artificial y en la pornografía, como Silvia Ons lo desarrolla, se convierte en un prototipo de funcionamiento donde la libido se motoriza y la repetición mecánica se apodera del erotismo hasta su total eliminación. La pornografía desgarra el velo del erotismo. Es una luz cegadora que pone en fuga la ligera penumbra que el deseo requiere para su subsistencia. El deseo es una delicada y caprichosa criatura que exige condiciones complejas e irrepetibles para mantenerse (las que valen para uno no valen para otro) y, entre ellas, es fundamental la función de la sombra, de lo no sabido, de lo que se oculta en el objeto. La pornografía es la promesa de poder verlo todo y en eso, como bien lo señala nuestra autora, se distingue de la perversión. O, digámoslo de otro modo: la perversión digitalizada no sigue las reglas transgresoras de las perversiones clásicas, ejemplarizadas por el divino Marqués. Es una distinción luminosa, aunque debo añadir que la industria pornográfica –como corresponde a toda empresa mercantil posmoderna– también es objeto del discurso de la innovación (la exhortación a adquirir lo nuevo es otro de los temas excelentemente tratados en este libro). En los últimos años, al nutrido menú del que dispone el pornoconsumidor se le ha añadido un producto nuevo: el incesto. La evolución de esta oferta no deja de ser interesante. Al principio, las productoras optaron por lanzar una prueba piloto: sexualidad entre chica y su hermanastro, chica y su padrastro, chico y la novia de su padre etc. Modalidades indirectas de goce incestuoso. En vista (nunca mejor dicho) de los exitosos resultados (que pueden ser contabilizados en tiempo real), han avanzado un paso más y transgredido la última barrera que quedaba –puesto que el límite de la pederastia ha sido traspasado hace mucho tiempo–: el incesto sin disfraz alguno. Todas las variantes del incesto forman ahora parte de la oferta en páginas que son completamente legales, al punto de alertar al voyeur de que lo que está a punto de ver es una fantasía y que el incesto, en cualquiera de sus variantes, es un delito penado por la ley Que esa ley deba recordársele al espectador añade un condimento al asunto.

Se plantea aquí una cuestión apasionante. Como lo explica muy bien Silvia Ons, la pornografía es deudora de la sociedad de la transparencia, tan opuesta a la que Freud analizó en su célebre texto “El malestar en la cultura”. Zygmunt Bauman y otros pensadores han hecho notar la importante disimetría entre la época de Freud, caracterizada por los ideales que imponían una represión de la satisfacción, y la nuestra, en la que la represión solo se limita a las cargas policiales, mientras que el delirio de la libertad y el derecho al goce ilimitado se promueven como valores irrenunciables. La pornografía pertenece a la era de la exaltación de la mirada, a la profunda fe en que todo puede ser convocado a la representación, al cálculo y a la objetivación en la que nada puede sustraerse a lo visible. No obstante, no podemos eludir el hecho de que la pornografía, incluso a pesar de sus avances técnicos en materia fotográfica y de iluminación (Silvia nos sugiere la idea de una mirada cuasi-ginecológica cuando nos explica el uso de la pussylight, un artilugio empleado para que el ojo alcance las profundidades “espeleológicas” de los orificios del cuerpo), falla en su promesa de mostrarlo todo. En la clínica de la pornografía, es decir, en la escucha de los sujetos adictos al porno, cabe la pregunta por aquello que, no pudiendo ser visto, actúa como motor de la repetición. Finalmente, ninguna transparencia, ninguna desvergüenza, ninguna desnudez logrará jamás mostrar el fondo último del sexo, que es esa ausencia dejada por la escritura que falta: la de la relación sexual en el inconsciente.

¿Qué consecuencias tiene esto para el amor? ¿Cómo lo afectan las circunstancias actuales en las que los cuerpos habitan el mundo consumidos por el discurso que los promueve al estatuto de objetos exhibidos, manipulados, codiciados, tramitados, transportados, intercambiados, deportados, exiliados, operados y medicalizados? Silvia Ons se hace eco de esa agonía de Eros de la que nos habla Byung-Chul Han. Valiéndose de una aguda expresión tomada de una de sus analizantes, Silvia pone el acento en el “casting amoroso” favorecido por las aplicaciones para tener encuentros sentimentales. Claro que el psicoanálisis descubre que, en el ser hablante, el deseo pone condiciones de “evaluación” estrictas al objeto. No cualquier objeto consuena con el inconsciente Pero también es decisivo recordar la diferencia entre una elección algorítmicamente programada y la fijeza de las condiciones eróticas que el fantasma impone al deseo del parlêtre. Los servicios de encuentros, “filtrados” antes por los softwares del corazón, rechazan la contingencia del amor. Al respecto, resulta apropiado invocar a la insuperable Carson McCullers en su Balada del café triste:

En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Están el amante y el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas […]. Es solo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.

Cualquiera que sea capaz de abrir los ojos a la realidad del amor estará de acuerdo con que esa valía y esa cualidad en general se corresponden bastante poco con el ser amado y que, por sobre todas las cosas, no elegimos en función de nuestra conveniencia sino de nuestro síntoma. Hay algo en el amor, en el amor verdadero, que linda con la inconveniencia y el error; por eso amar es siempre fallar, no dar en el blanco, aunque por un instante podamos creer que lo hacemos. Esa es precisamente la concepción del amor que el discurso contemporáneo tiende a degradar en beneficio de un discurso en el que se aspira a una eliminación absoluta del riesgo. La contrapartida –lo comprobamos a diario– es la soledad, cuando no la muerte misma del amor.

La licuefacción de la vida amorosa, la fugacidad de los lazos y la mercantilización de los cuerpos van de la mano de la vertiginosa temporalidad del discurso moderno. Así como Lacan nos habla del “empuje a la mujer” en la psicosis, Silvia Ons extiende la idea y nos propone un interrogante sobre el “empuje a tener un niño”, que es ya un empuje transgénero gracias a los métodos técnicos entre los cuales la reproducción asistida pronto será un sistema obsoleto que nos recordará a esos primeros teléfonos móviles que requerían de un maletín para transportarlos.

 

[1] Courtine, J. J.; Corbin, A. y Vigarello, G., Historia del cuerpo, Madrid, Taurus, 2005.

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