6 de August de 2020

El suicidio adolescente – Guillermo López (EOL)

       “Es mejor arder que apagarse lentamente”.                                                                        Hey, hey, my, my (into the black) Neil Young Hace unos días,…


       “Es mejor arder que apagarse lentamente”.

                                                                       Hey, hey, my, my (into the black) Neil Young

Guillermo López

Hace unos días, exactamente el 5 de abril se cumplieron 25 años del suicidio de una de las estrella de rock mas influyentes de los 90, Kurt Cobain, líder de Nirvana. Sus problemas con las drogas y el alcohol, son ya conocidos y su carrera meteóricamente ascendente también. Ascenso en espiral que lo llevó a afirmar en un reportaje en 1993: “soy una persona más feliz, de lo que la gente cree”. Sin embargo un año después, luego de interrumpir su gira europea para viajar a Italia para encontrarse con su mujer e hija, en la habitación del hotel que compartían, tomó una sobredosis de pastillas regada de champagne. En la nota de despedida decía que el médico le había dado a elegir entre dejar las drogas o la muerte. Parecía una decisión tomada, pero la proximidad de su familia, hizo que entrara a un centro de desintoxicación, tiempo que duró poco, ya que se escapó. Pocos días después compró una escopeta, y el 5 de abril no hubo nadie para salvarlo. En la nota que dejó haría propias las palabras de Neil Young: “es mejor arder que apagarse lentamente”.

Resulta interesante la frase de Neil Young, porque hace alusión directa a la etimología del término adolescere, comúnmente se conoce o se tiende a asociar a la adolescencia con el adolecer con la carencia, el dolo, que hace que un joven siga siendo joven sin llegar a ser adulto. Sin embargo adolescere, tiene un sentido oculto, que viene del latín adolere, que significa: quemar, arder en sacrificio, y si se le agrega el verbo incoativo escere, significa algo así como “el comienzo del ardor”. La pubertad como comienzo del ardor, como emergencia de un real sexual en el cuerpo sorprende a los jóvenes. Frente a esa emergencia no están preparados, al no contar con las herramientas imaginarias o simbólicas que le permitan orientarse y dar una respuesta a la llama de un real. Llama, fuego que el joven vive como una urgencia, eso le urge y debe encontrar alguna vía de satisfacción y de solución.

Kurt Cobain

La pubertad, como lo que quema en la adolescencia, es uno de los modos en que se hace mas palpable la definición clásica de Lacan: “no hay relación sexual”. En tanto frente a la irrupción del real que la caracteriza, no hay respuestas programadas, el sujeto tiene que arreglárselas con eso creando, inventado formas de respuesta. Lacan en El prefacio al El despertar de la primavera, dirá que ese despertar, el despertar sexual no es sin el despertar de los sueños, dice: “De este modo aborda un dramaturgo, en 1891, el asunto de que es para los muchachos hacer el amor con las muchachas, marcando que no pensarían en ello sin el despertar de sus sueños”.[1]

 

El suicidio adolescente

 

¿Qué hace que algunos jóvenes, al comenzar a arder, no puedan mantener su llama viva sin literalmente prenderse fuego? ¿Que lleva a que algunos decidan incinerarse antes que apagarse lentamente? Graduaciones del fuego que se mueven en los extremos máximo o mínimo hablan de algo que no puede regularse.

El suicidio adolescente, es un tema de nuestra cultura, que insiste, para interrogarnos desde hace mucho tiempo, desde diferentes expresiones del arte, desde la literatura con Romeo y Julieta, con la Ofelia de Hamlet, o Las desventuras del joven Werther de Goethe, o El despertar de la primavera de Wedekind. desde el cine con La sociedad de los poetas muertos, Las vírgenes suicidas, Elephant, o Un largo camino a casa y actualmente con series de difusión masiva como 13 razones.

Algunos datos de la psiquiatría y la epidemiología

 

Según la OMS, unas 800 mil personas se suicidan cada año, lo que representa una tasa estimada de 11,4 muertes por cada 100 mil habitantes. Las muertes por propia voluntad representan la segunda causa de fallecimientos entre los jóvenes de entre 15 a 29 años, después de los accidentes de tránsito. Sin embargo, la agencia sanitaria de Naciones Unidas admite que puede haber subnotificación, ya que el tabú que rodea a este problema hace que no se denuncien a nivel mundial los casos de comportamientos suicidas no fatales.

Las últimas cifras de suicidio en la Argentina aportadas por la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS), que depende del Ministerio de Salud de la Nación, son del año 2014 e indican que en ese año se produjeron 3.340 defunciones por suicidio en la población general. La tasa de mortalidad por suicidio fue de 7,8 por cada 100.000 habitante en 2014. En coincidencia con las tendencias internacionales, la mayor cantidad de muertes por suicidio se presentó entre los adolescentes y adultos jóvenes, con 976 fallecimientos en el grupo de 15 a 24 años. Esto representa una tasa de 13,8 fallecidos por suicidio por cada 100.000 habitantes(2014). En 2014 bajó la cantidad de suicidios en los adultos mayores en comparación con una década atrás. Pero al mismo tiempo creció la tasa de suicidios en adolescentes y adultos jóvenes en comparación con 2004.

Freud y el suicidio adolescente

 

“Contribuciones para un debate sobre el suicidio”, es un pequeño texto de Freud en donde plantea su contribución a un simposio sobre el suicidio. Menciona allí que no se ha llegado a una conclusión del problema en cuestión. Sin embargo se diferencia de posiciones apresuradas que inculpan a la escuela, o localizan en ella las fallas educativas o de aprendizaje que llevarían al suicidio adolescente. Propone allí que la Escuela Media: “debe instilarles (a los adolescentes) el goce de vivir y proporcionarles apoyo, en una edad en que por las condiciones del desarrollo se ven precisados a aflojar sus lazos con la casa paterna y la familia”.[2]

Allí se interroga: “¿cómo es posible que llegue a superarse la pulsión de vivir, de intensidad tan extraordinaria; si sólo puede acontecer con auxilio de la libido desengañada, o bien existe una renuncia del yo a su afirmación?”[3] No del todo convencido con estas respuestas, invita a pensar los casos de suicidio adolescente “a partir de los estados de melancolía y su diferencia con los estados afectivos del duelo”.[4]

Freud está en lo cierto la experiencia del despertar al sexo en la pubertad, es vivida por los jóvenes como una pérdida del sentido de su propia existencia. El ser hablante pierde la razón de ser, al encontrarse con el agujero en el saber que produce el sexo. En la adolescencia ese encuentro es máximo, porque todavía el fantasma no ha dado su respuesta, no ha sido puesto a prueba respecto del goce.

Si bien el fantasma y la elección de deseo se constituyen en la infancia, la elección de goce como respuesta al no hay relación sexual se constituye a partir de la pubertad. El fantasma es la vía para responder al encuentro con el Otro sexo.

En algunas ocasiones el fantasma se actualiza y se reconstituye permitiendo a los jóvenes orientarse en la vía de la realización sexual. En otras ocasiones no; el fantasma vacila y el sujeto no puede responsabilizarse ni dar consentimiento a su posición de goce en el fantasma. No logra anudarse vía el fantasma el objeto a al falo -φ como vacío central que caba una fosa, una falta. Esto no es sin angustia.

En el Seminario 10 Lacan nos explica muy bien con Hamlet, cual es la salida de esa vacilación fantasmática, la identificación al objeto a como resto, en la escena del cementerio, nos muestra que es necesario un pasaje por la pérdida en tanto falta, vacío simbólico, para que el sujeto pueda instalarse como causa de deseo del Otro. “Vemos como en ese punto interviene al desnudo aquella identificación con el objeto que Freud nos designa como el mecanismo fundamental de la función del duelo[5]… “pues es en tanto como objeto del deseo como Hamlet ha sido ignorado hasta determinado momento, y es reintegrado a la escena por la vía de la identificación”.[6]

Cuando a // -φ no logran articularse pueden presentarse en los jóvenes perturbaciones por la vía de lo imaginario, se trata de apariciones del objeto a, por fuera del cuerpo imaginario, vividos como una experiencia de lo siniestro, como la experiencia del doble en el Horla, son fenómenos de despersonalización. O bien perturbaciones por la vía de lo real, jóvenes que están más del lado del soy (en términos del ser opaco) que del pienso, más del lado del ello que del inconsciente. Llevando a cabo a veces un atravesamiento salvaje del fantasma, que lleva en el peor de los casos al pasaje al acto, como último recurso al no encontrarle un sentido a la vida como respuesta al sinsentido del goce. El pasaje al acto suicida en la adolescencia en estos casos, puede ser la consecuencia última de una vacilación del fantasma, en una neurosis.

Me preguntaba anteriormente: ¿Qué hace que algunos jóvenes, al comenzar a arder, no puedan mantener viva la llama sin literalmente prenderse fuego? Lo que gradúa el fuego que quema es el falo, y su significación. Si la articulación entre la posición de goce en el fantasma no logra soldarse al falo, cuando el fantasma vacila; o bien no hay significación fálica, que lo haga posible, el fuego más que mantenerse vivo, incinera y el riesgo de un pasaje al acto está presente.

Lacan lo dice claramente en “De una cuestión preliminar” la función del falo, está ligada a la vida, cuando ese significante no opera porque hay forclusión lo que se ve perturbado, es la juntura más intima del sentimiento de la vida en un sujeto. El desencadenamiento psicótico, como caída en el agujero forclusivo, implica una pérdida radical del sentido, que es común a todos los tipos de psicosis, pero se evidencia a flor de piel en la melancolía.

[1] Lacan, J. Prefacio al despertar de la primavera. En Otros Escritos. Editorial Paidós. Buenos Aires. 2012. p. ??

[2] Unicef. Fondo de Naciones Unidas para la infancia. Suicidio. Comunicación infancia y adolescencia. Mayo 2017. https://www.unicef.org/argentina/sites/unicef…/COM-5_Suicidio_Interior_WEB.pdf.

[3] Freud, S. Contribuciones para un debate sobre el suicidio. En Obras Completas, Tomo XI, Amorrortu Ediciones, Buenos Aires. 1992. p.232.

[4] Ibídem. p. 232.

[5] Lacan, J. El Seminario libro 10. La angustia. Editorial Paidos. Buenos Aires. 2007. p. 45.

[6] Ibídem. p. 47.

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